LAS VIEJAS PANADERÍAS DE CARACAS Y EL REPARTIDOR DE PAN
Caracas siempre se distinguió por tener excelentes panaderías y pastelerías ubicadas en cada parroquia. Era lo propicio, ya que por efecto de la competencia, ganaba cada parroquiano con la mejora constante de los servicios, calidad en la oferta de los productos y claro también, por la competencia de precios. Las parroquias Santa Teresa, Altagracia, San Juan, Santa Rosalía tenían dentro de sus límites, a los más afamados negocios del ramo de la harina. Tuve la suerte de conocer a esas buenas panaderías, muchas quedaban cerca de mi casa, y la dicha consumir lo que se producía con ingredientes de alta calidad, lo cual era una verdadera y gustosa oferta y recompensa al paladar. La panadería de Cipreses, en la esquina de igual nombre, vendía el excelente Pan Venezuela; la panadería Municipal, el mejor Golfeado del Centro de Caracas, y en la Curamichate, cuyo propietario era un isleño Canario —que tenía unas manos enormes y según decía que era de tanto amasar— se hacían las más ricas quesadillas. La de Solís, en la esquina homónima, la calidad del pan sobado y sus dulces le granjearon una reconocida fama. De Hoyo a Cipreses en primer lugar, luego se mudó a la avenida Las Acacias de Sabana Grande, quedaba La Panificadora, famosa por mucho tiempo dada la calidad y delicia de todos sus productos. Reconocida por su dulcería, la panadería que quedaba en la esquina de Gobernador. En Peláez, por su parte también reconocida por el famosísimo chichero de la esquina, el mejor pan de anís de la zona, y muy cerca. de Gordo a Peláez igualmente funcionó el Seguro Social, la Casa Distrital de Acción Democrática y la Escuela Federal Simón Bolívar. Debo recordar con especial cariño una panadería que quedaba en el “interior del país”, en la propia Caracas de hoy día, y no es otra que la Panadería Los Dos Caminos, famosa por sus golfeados. Para muchos (hay quienes sostienen que son originarios de Petare) los dueños de la panadería Dos Caminos son los responsables la receta originaría de tan sabroso pan dulce enrollado, con queso rallado por encima y bañado de melado de papelón. En la actualidad conseguimos una famosísima por su pan andino y en especial el pan “Camaleón”, y hago referencia a la panadería andina El Torbes en la esquina de Maderero en la propia avenida Baralt. Debemos recordar que en tiempos ya lejanos, el teléfono no estaba al alcance de muchas familias, negocios o personas —por el costo y por la escasa cantidad de aparatos que disponía la ciudad— y por esta razón no se podía ni pedir o apartar el pan fresco para el día, así como tampoco solicitar el reparto a domicilio (como si lo hubo luego por una época), entonces, a las horas en que sabían vecinos y parroquianos que saldría del horno, una romería de parroquianos serenamente organizados marchaban a buscar su pan caliente recién horneado. —¿vas a la panadería? preguntaba alguien, y si la respuesta era afirmativa, inmediatamente le decía: mira cómprame “tal cosa” y del vuelto, coge un medio para ti. Éste comprador por encargo, era el conocido muchacho mandadero quien, se hacía de su clientela comprando pan para los vecinos. Él se ganaba con cada encargo “puyitas” y “medios” con los que compraba, pan dulce, golfeados, o simplemente ahorraba para la merienda de la escuela. A medida en que la ciudad fue creciendo y había cada vez más población. Los comerciantes, para evitar la aglomeración durante las horas “pico” del día (mediodía y atardecer), articularon sus estrategias de entrega a domicilio. Clientes fijos (los Pérez, los García, los González, entre muchas familias de cada parroquia), compraban cantidades fijas de pan y productos de cada panadería, y los recibían en sus casas. El reparto se organizaba por cuadras, y de acuerdo con la cantidad y tamaño del pedido. Inicialmente se utilizó la bicicleta. Ésta, especialmente acondicionada para dicho fin, tenía una rueda más pequeña adelante —para poder colocar una cesta al frente y debajo del manubrio— y otra cesta sobre el guardafangos trasero; allí se colocaban las bolsas a repartir. En la panadería se armaba cada pedido. El repartidor cargaba, rodaba, llegaba, tocaba la puerta, entregaba y cobraba, y si el pedido del día siguiente tenía una variación, anotaba en un cuaderno para informar en la panadería las características de la entrega del día siguiente; si esta si era en la mañana, mediodía, en la tarde o más bien un pedido especial. Con el paso del tiempo, por efecto del teléfono y del aumento en los pedidos, esta cesta fue sustituida por una caja de madera (adelante y atrás). Esto permitía atender más clientes de una sola vez y una venta mayor de productos (tunjas, pasta seca, golfeados, panelitas, pan francés, andino, sobado) todo según lo pedido, con la capacidad de carga de la bicicleta, la pericia y resistencia del ciclista repartidor. Esta forma de reparto y cobro a domicilio, impulsó el nacimiento de los comerciantes emprendedores. Repartidores independientes de la panadería, quienes compraban mercancía de todo tipo al mayor y la vendían al detal a los vecinos. Éstos utilizaron motocicletas con un side car (caja adosada a la moto con una rueda) pero adaptada para llevar panes y cosas que colocaban en el sitio donde originalmente estaba un asiento de pasajeros. Esta moto y su aditamento terminaron por desplazar al repartidor de bicicleta, también al muchacho de mandado, pues la moto, tenía mayor capacidad de carga, más rango de acción y movilidad. La puntualidad en la entrega era vital, para el negocio y credibilidad de estos repartidores ambulantes e independientes. Lo fundamental era coordinar, y hacer las entregas para el almuerzo y la cena, ya que el desayuno típico del caraqueño era con arepas o con el pan que había quedado de la cena anterior, de tal manera que la presión de entregas en la mañana era poca. También podían fiar o vender a crédito a los buenos vecinos, quienes pagaban la totalidad de las compras cuando cobraban sus respectivos salarios, o sencillamente iban abonando a cuentas de saldo mayor, lo cual era preferible para los vendedores ambulantes, ya que mes a mes tenían su cliente seguro, y éstos siempre pagaban para poder pedír más. Ésta relación comercial permitía y estimulaba a que se establecieran vínculos de amistad con las familias, quienes, en agradecimiento por los servicios siempre les brindaban café, agua, jugo de frutas. Cuando Caracas creció y se hizo una inmensa y hermosa ciudad, también complicó la vida de todos. El servicio de entrega a domicilio, ya no fue rentable y el repartidor de pan ambulante desapareció. Solo queda el recuerdo de lo que era la pequeña Gran Caracas y de aquellos alegres personajes que en su momento, ayudaron a que todos viviéramos mejor. Crónica Libre de Caracas .