Sus sonidos eran lentos parsimoniosos, llenos de segundos, minutos y meses. Había alegría en ellos, un poco de tristeza, algo de melancolía también. Supo nombrar a la euforia, al placer que produce el baile, incluso la lujuria.
Todos los días le daba la bienvenida con los Buenos Días al dueño de su vida y de su amor. Encender la jornada con buen pie, el aroma de un café y una arepa en la plancha era parte de su rutina
Un día entendió que ya su tiempo había pasado o estaba pasando, había llegado alguien más joven, más enérgica y con una posición ventajosa, vanguardista y moderna de a poco fue desplazada esa nuestra eterna acompañante: la radio.