Sus sonidos eran lentos parsimoniosos, llenos de segundos, minutos y meses. Había alegría en ellos, un poco de tristeza, algo de melancolía también. Supo nombrar a la euforia, al placer que produce el baile, incluso la lujuria.
Todos los días le daba la bienvenida con los Buenos Días al dueño de su vida y de su amor. Encender la jornada con buen pie, el aroma de un café y una arepa en la plancha era parte de su rutina
Un día entendió que ya su tiempo había pasado o estaba pasando, había llegado alguien más joven, más enérgica y con una posición ventajosa, vanguardista y moderna de a poco fue desplazada esa nuestra eterna acompañante: la radio.
Sentía que era perseguido por oscuros personajes. Su vía de escape era la red, pero ya los algoritmos y las inteligencias artificiales le habían robado su capacidad de seleccionar y también de ser sorprendido. Decidió finalmente leer un viejo libro de Vargas Llosa que había iniciado en cuatro ocasiones sin lograr terminarlo. Ésta vez se desveló y entre travesuras adolescentes en un viejo liceo militar y el deleite por la elegante pluma del autor, finalmente concluyó de leer el añejo libro.
En esa inestable frontera entre el dolor y el placer la conoció, de repente apareció, escondida en los años, en la lejanía del imaginario, en su soberbia sobre entendida, en un orgullo tan incoherente cómo irreverente.